EL TIEMPO

Asumámoslo. Esto no es España. Aquí no se puede decir: Hoy no voy a salir, que está lloviendo y apetece manta y peli. Como adopte esa actitud, creo que no saldré de mi residencia nunca.

Puede que la pereza venga en parte por la lluvia, en parte porque, aquí no hay metro y los atubouses… pcccccché. Y andando se tarda mucho en llegar a cualquier sitio. Tener una bicicleta es absolutamente indispensable. Pero sobre eso hablaré otro día, cuando consiga una.

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Hagamos el cuerpo al nuevo tiempo. Y si llueve, paragüitas bueno y botas.

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EL VIAJANTE

Cuando me enteré de que mi destino Erasmus era Göttingen, corrí a casa como loca para buscar información estudiantil sobre esta ciudad. Google no me resolvió muchas dudas, aunque es cierto que encontré un blog muy interesante. Quizás por no perder la costumbre de escribir, y también por si puedo ser de ayuda a cualquiera que vaya a ir a la ciudad, intentaré contar aquí mi experiencia Erasmus. No sabía si abrir el blog o no, pero enfins, es una nueva etapa en mi vida merece tener un espacio propio donde escribir.

4 am Madrid.

Llegué al aeropuerto, con mis maletas y mis ganas. Fue todo muy rápido, no había mucha gente, ni mucha cola, ni mucho sueño. Tampoco era yo muy consciente de que me marchaba, porque me despedí de mis padres como si los fuera a ver en unos días. Después de jugar un rato al tetris con el contenido de mis maletas, que pesaban 4kg más de la cuenta una, y 2kg y medio la otra, y dejarme por el camino jerséis, bolsos y libros, conseguí pasar los controles, morir de calor con el acolchado plumífero que me habían regalado por mi cumpleaños y esperar felizmente a montar en avión.

Estar sola te vuelve mucho más observador. Tuve tiempo suficiente para fijarme en lo amargada que estaba la azafata que me atendió (aunque sea cierto que me perdonase dos kilillos de ropa… era una borde, y eso es así). También había un hombre que se parecía a un profesor de mi facultad pero mucho más delgado. Lo mismo era él, que había decidido que el plan Bolonia es un jodido error y se marchaba a conocer mundo, qué sé yo.

Ojalá me hubiese tocado el asiento de la ventanilla. Veo a mucha gente dormida desaprovechando las vistas. Está amaneciendo por la parte derecha, el cielo está gris y rosado, y es precioso. La ventanilla que queda más cerca de mí está oscura aún. Mi “yo” postureta me pide a gritos una foto y no puedo hacerla. Nooooooo. Al menos, se han portado bien con nosotros. Me he sentido semi-rica cuando he visto aparecer una bandeja con desayuno para mí. Café, zumo, pan con mantequilla y mermelada y un tupper sorpresa que llevaba… huevos revueltos, jamón, verdura y algo parecido a patata (¿¿¿¡¡¡???!!! En efecto, yo tampoco lo he entendido. ¿Verduras a las 7 de la mañana? Pues muuuuuuy rico, o ké).

8.45 am Frankfurt.

Y ahí estoy yo, caminante no hay camino, se hace camino al andar, y anda que te anda para encontrar la cinta de recogida de equipaje. Y ¡Bingo! La encuentro. Creo que mis maletas pesan lo mismo que yo, y sufro transportándolas de un lado a otro.

La trepidante aventura de sacar un billete de tren dirección Göttingen no tiene palabras. Estuve 15 minutos delante de una máquina para poder entender cómo funcionaba, mientras una señora me intentaba vender un billete de tren a Kässel, pero no. Hay que comprar un billete para ir a la estación central de tren (Hauptbahnhof) y de ahí coger el tren de larga distancia. Pues bien, compré el billete a las 9.25h, y el primer tren salía a las 9.31h, y el segundo a las 9.58h. Comprendéis lo que supone perder un tren, ¿no? Pues eso, corre que te corre, en busca del tren correcto. Cuando encontré mi objetivo, vi un obstáculo casi imposible de superar. El obstáculo se llamaba “50 escalones hacia abajo con dos maletas de 24kg, ánimo chata”. Menos mal que un mochilero simpático me ayudó. Llegué a la estación central a las 9.44h (EHM ¿HOLA? ¿CORRER OTRA VEZ?), pero mi karma, que lleva varios días observando mi buen comportamiento, me regaló mi tren a la salida de las escaleras mecánicas.

12.15 pm Göttingen

¡¡Llegué!! Mi buddy vino a recogerme y a ayudarme a transportar mi equipaje a la residencia; y menos mal, porque si no 1. No habría encontrado el sitio nunca; 2. Hubiese tardado horas por el peso. Estoy en Kreuzbergring, en la residencia que hay detrás del campus, y la verdad, no tengo queja alguna. La habitación es muy amplia, tengo lavabo propio, un armario enorme, balcón… Además, los muebles están muy nuevos y no hay desperfectos.

Comparto cocina y baños con los estudiantes que viven en la misma planta que yo. Y parece que estoy de suerte, porque ¡no hay ningún español!